Nunca me hablaron
de la cárcel
ni de los juicios justos
por pecadores.
De la soledad de las salas de espera.
Vivir detrás de puertas
que nunca están abiertas.
De lo bonita que esta la ciudad
una noche de invierno
esperando desesperadamente que la abraces
con sus tres luces encendidas.
Si, son solo tres,
las he contado cien veces
desde esta ventana.
El respeto perdido
hacia lo diferente.
El silencio fingido,
los cristales rotos,
el miedo a la gente.
Dejarse la piel en un camino
sin principio ni final.
El dinero malgastado
en planes de pensiones
y en hipotecas a largo plazo.
El poder del poder ejecutivo,
las decisiones democráticas
y el sistema financiero.
Las canciones abandonadas
por los cuatro tiempos.
Construcciones de hormigón armado
de cien metros ancho
por doscientos de alto.
La energía nuclear.
El alcohol etílico
descongelando cerebros
a cuarenta grados bajo cero.
La valentía desesperada
de los que no tienen nada que perder.
La sangre ofrecida a dios
en batallas cuerpo a cuerpo,
cuchillo contra cuchillo.
Besarse a escondidas.
Hacer el amor toda la noche
como si fuera
el ultimo día en la tierra.
La violencia
de los placeres violentos.
La pasión
de los cristales rotos.
Acelerar el corazón.
Cambiar la dirección de las palabras
para construir mentiras
sobre mentiras.
Los bares cerrados antes de las cuatro,
el humo del tabaco
y las copas vacías.
Los héroes que entregaron su vida
por una causa perdida.
El calor de dos cuerpos rozándose
después de hacerse daño.
Las guerras ganadas,
las vidas perdidas.
Ver el paso los años
por tu cuerpo.
Dividir el tiempo
en meses semanas y días,
en horas minutos y segundos
mientras te vas haciendo viejo.
Sentir el frío
dentro de tus huesos
para saber que estas vivo.
El placer de lo innecesario
las maravillas del pasado
y la moderna tecnología.
Los domingos por la mañana
las promesas de futuro
y la infinita estupidez humana.
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